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jueves, 30 de abril de 2015

La manada 7: El lugar en el que todo empezó

Autor: Hans Rothgiesser
Ilustración: Hirokii Yamagi


Esa noche también había luna llena. Parecía mentira que tanto tiempo hubiese pasado desde aquella vez en la que Lobo lo había citado aquí para darle su primer ultimatum. Desde entonces hasta ahora había sucedido tanto. Las cosas realmente se habían deteriorado. Quizás si Corsair hubiese tomado más en serio a Lobo en aquel momento, se habría salvado vidas. Big Data estaría aún vivo. Frontpage también.
Pero no. Los superhéroes no negocian con terroristas. Lobo estaba claramente loco y ceder a sus demandas habría sido una locura en sí mismo. Corsair no negocia con dementes.
No había regresado a Tailandia desde ese día en el que discutió con Lobo. Y la señal que lo había llevado hasta esa isla en esa ocasión era la misma señal que estaba llamando su atención ahora. Definitivamente era la manera de Lobo de decirle que quería hablar con él nuevamente. Y siendo Corsair el tipo de superhéroe que es, iría solo. Eso lo sabían los dos. Quizás Lobo más que él mismo.
Corsair aterrizó en el claro del bosque en el que se abían encontrado la vez pasada. Aun quedaa la marca del lugar mismo en el que había caído el rayo del cielo hacía un año. El rayo con el que Lobo había pretendido amedrentar a Corsair.
“Yo les advertí”, escuchó Corsair de prono la voz de Lobo. “Les dije que hablaba en serio. Pero ustedes han decidido no creerme”

sábado, 28 de marzo de 2015

La manada 6: El fin justifica los medios


Autor: Hans Rothgiesser

La decisión de instalar el taller en Seúl no fue muy difícil de sustentar. Zap necesitaba estar cerca a ciertos desarrolladores de tecnología. Y aquí en el distrito de Seocho en Seúl estaban presentes todos los grandes jugadores de la industria de la tecnología de las comunicaciones. Era exactamente lo que requería para poder cumplir con la misión que se le había encomendado.
O mejor dicho, la misión que él mismo había definido y había convencido a los demás superhéroes relevantes de que tenía que resolver para poder tener por fin ese sistema de defensa que los protegería de amenazas de fuera de este mundo. Amenazas que en el pasado ya se habían manifestado y que habían representado grandes pérdidas. Con un sistema de defensa como el que él proponía, nunca más tendrían que preocuparse de posibles invasiones de civilizaciones de otras galaxias.
Zap era joven, idealista y muy inteligente. No obstante, tenía lo que otros superhéroes habían convenido en llamar una inteligencia selectiva. Era extremadamente hábil y capaz para el desarrollo de proyectos tecnológicos, pero terrible para asuntos más cotidianos. Por eso fue que se aprobó brindarle los recursos que necesitaría para su proyecto, pero con la condición de que trabaje con otros dos miembros de la comunidad de superhéroes.
Esos otros dos eran la Baronesa Roja y Ojo Público, ambos ligeramente mayores en edad que Zap,  pero con orientaciones completamente distintas. Este equipo de tres superhéroes lo había coordinado Insel X hacía un par de años. Y que el mismo Insel X hubiera solicitado un reporte completo de los avances del Proyecto Mano Negra no era para nada sospechoso. Después de todo, una iniciativa como ésta se financiaba con aportes de distitnas fuentes. Era de esperar que esos patrocinadores desearan saber constantemente cómo iban las cosas.

domingo, 22 de febrero de 2015

La manada 5: Una visita postergada

Autor: Hans Rothgiesser

Insel X era uno de esos superhéroes que bien podría dormir y ducharse en su uniforme. Para él, su personalidad de civil era el verdadero disfraz. Prefería andar todo el día vestido con su traje negro con diseños rojos, su cinturón con compartimientos y su máscara. Era relativamente delgado, pero eso no quitaba que estuviera en la máxima capacidad de su condición física. Incluso dentro de su guarida llevaba sus guantes de material sintético especial -desarrollado por un laboratorio en Asia especialmente para él-. Su máscara cubría toda su cara, a excepción del área triangular debajo de su nariz, que incluía su boca.
Su nombre de nacimiento era Basil, pero desde la última vez que respondió a él ha usado tantos otros, que su recuerdo es remoto. Desde su dura infancia en las calles y la determinación durante su adolescencia de que sería superhéroe para evitar que otros sufran lo que él había sufrido, había preferido hacerse llamar de otras maneras. Esto ayudaba a internalizar la idea de que él no era un ser humano. Era algo mucho más grande que eso. Y que si moría hoy, su legado continuaría de alguna manera. Tenía planes para ello.
De hecho, Insel X tenía planes para todo. Desde que se planteó como objetivo ser miembro de la comunidad de superhéroes, colocando su intelecto superior como piedra angular de su plan, se había estado preparando mental y físicamente. Cerca a cumplir 30 años, consideraba que nunca antes había estado mejor preparado para el enfrentamiento que sabía que venía.
Por eso cuando uno de los ductos de ventilación de su guarida subterránea explotó, él supo exactamente de qué se trataba y qué era lo que tenía que hacer. Puso cuidadosamente a un lado de la mesa en la que estaba trabajando el prototipo de un artefacto que uno de sus colaboradores anónimos había manufacturado para él. Luego se volteó y respiró profundamente un par de veces.
“Lobo”, comentó sin verlo aún. Segundos después se reveló la imponente figura del intruso que ya estaba parado a unos metros de él.
“No he venido para pelear contigo, Basil”, dijo el intruso con voz grave. El uso de su nombre de pila era algo que obviamente estaba pensado para distraerlo. No dejaría que suceda.

martes, 13 de enero de 2015

La manada 4: La calma antes de la tormenta

Autor: Hans Rothgiesser
Ilustración: Christian Magán

Myrko Nichols no creía ser una persona atada a sus pertenencias materiales. Cuando fue raptado por la mafia para que trabajara para ellos, no tuvo tiempo de recoger nada de su laboratorio o de su departamento. Cuando fue rescatado de ahí por el misterioso individuo que se hacía llamar Lobo, no pensó en ningún momento pedirle que lo llevara de vuelta para empaquetar sus cosas. Estaba agradecido de haber sido rescatado y de ser llevado a donde sea que sería llevado, en donde tendría la oportunidad de sentarse un instante, pensar en su situación y concluir qué era lo que tenía que hacer.  Con lo que iba vestido sería suficiente.
“No se preocupe”, dijo de pronto Lobo, sentado cómodamente en el asiento trasero de la limosina en la que iba. “Ellos no lo volverán a molestar.  Me tienen demasiado miedo”
Myrko lo miró por unos momentos y entendió de inmediato que una persona normal sabría que esto implicaba, a su vez, que él mismo tenía que tenerle miedo a este hombre.  Que eso era lo que en el fondo le estaba queriendo comunicar. No obstante, Myrko no era una persona normal.  Su curiosidad era sobresaliente.
“¿Y yo?”, decidió que era seguro preguntar. “¿Debería yo tenerle miedo?”
“¿Usted?”, preguntó Lobo desde su cómoda posición, vestido con su saco largo negro y su sombrero de ala ancha también negro. “No, usted no tiene por qué tenerme miedo.  A mí.”
Myrko lo miró por un instante. Él nunca le había querido hacer daño a nadie. Pero si debía defenderse para sobrevivir, tendría que pensar en algo rápido.
“Es a ellos a los que debes temer”, completó de pronto el hombre. Llevaba al cuello una larga bufanda roja que le daba un efecto dramático a sus movimientos. En sus manos llevaba unos guantes negros de un material sintético extraño.
“¿Ellos?”, preguntó Myrko frunciendo el ceño y sonriendo, pero Lobo no le respondió, así que intentó con otra pregunta. “¿A dónde me llevan?”
“A un lugar seguro”, le respondió Lobo. “No creo que se haya dado cuenta, pero su investigación tiene importantes implicancias para la comunidad de superhéroes. Por eso la mafia fue a buscarlo.  Ese Twigg no es ningún tonto. Sabe lo que hace. Por suerte pude intervenir a tiempo.”
“¿Quiere eso decir que otros superhéroes me estarán buscando?”, preguntó Myrko.
“Oh, definitivamente”, respondió Lobo. “Pero no se preocupe.  Yo lo mantendré a salvo.”
“¿No estaría más a salvo con ellos?”, preguntó Myrko.
Lobo no respondió.  Solamente soltó una risa, algo que se veía espeluznante, considerando lo frío que era. Su pelo largo, canoso y su abundante barba gris no ayudaban a la imagen.

domingo, 23 de noviembre de 2014

La manada 3: Por puesta de mano


Autor: Hans Rothgiesser
Ilustración de Glauconar Yue 

Myrko Nichols era una de esas personas que consideraban nunca haberle hecho daño a nadie.  Había sobresalido desde pequeño, cuando resultó ser un alumno excepcional.  Sus padres no entendían de dónde había heredado ese potencial.  Ninguno de los dos era particularmente astuto o inteligente.  De hecho, ninguno de sus dos hermanos era buen alumno. 
A muy temprana edad Myrko entendió que llamar la atención no era una jugada muy conveniente, así que decidió bajar su rendimiento.  Sus notas pasaron de ser las mejores a ser promedio.  Sus profesores, mal pagados y decepcionados de su profesión, no le prestaron atención.  Sus padres y sus hermanos se tranquilizaron y dejaron de pensar en el asunto. Los bravucones de su clase, con el tiempo, lo olvidaron y lo dejaron en paz.
Eso, por supuesto, no implicaba que el joven Myrko se limitara a la mediocre educación que recibía en su distrito.  La mayoría de los recreos los pasaba en la biblioteca del colegio con la complicidad del encargado de la biblioteca, que reconocía perfectamente el juego que estaba jugando el muchacho. Le dejaba pasar y esconderse cuando hacía falta. De hecho, a veces lo dejaba en la biblioteca luego de que el colegio cerrara, indicándole cómo salir. Myrko y el bibliotecario sabían perfectamente que a la primera ocasión en la que su estadía clandestina fuese un problema, se acabaría ese trato especial, algo que ninguno de los dos deseaba en lo más mínimo. Así que cada tarde que Myrko se quedaba leyendo, él brindaba especial atención en dejar todo como le habían indicado que lo haga, antes de salir despacio.

domingo, 12 de octubre de 2014

La manada 2: Primera sangre

Autor: Hans Rothgiesser

Big Data se despertó de un sobresalto cuando sonó el despertador a las 5 de la tarde.  Instintivamente buscó sus pantunflas para caminar hasta el baño y lavarse la cara.  Se tardó unos segundos en darse cuenta de que una vez más se había quedado dormido con la ropa puesta.  Que su pijama se encontraba doblada debajo de la almohada de su cama.  Era la segunda vez esta semana.
Cuando se vio en el espejo notó que no se había lavado el pelo en varios días y que se comenzaba a notar.  A las 6 pm tenía que conectarse en el sótano, poco antes de que se oculte el sol.  Esto quería decir que tenía una hora para ducharse, lavarse el pelo, cambiarse de ropa y preparar todos los equipos.
Como solía ser el caso, ingresó a la ducha y se demoró un buen rato debajo del agua caliente, incluso antes de enjabonarse.  En esos días eso era lo único que lo relajaba. Estar ahí sin pensar en nada y sintiendo cómo la ducha lo quemaba ligeramente. Cerraba los ojos, se apoyaba en una de las paredes y repiraba profundamente varias veces. Luego se echaba jabón y se enjuagaba y nuevamente se quedaba bajo el agua caliente más tiempo de lo usual. Finalmente salía y se miraba en el espejo del baño por unos cuantos minutos. Otra vez se había olvidado lavarse el pelo.

jueves, 18 de septiembre de 2014

La manada 1: Antesala a la insurgencia



Autor: Hans Rothgiesser
Ilustración de Hirokii Yamagi

La noche era oscura a pesar de que había luna llena, algo que Corsair no se detuvo a pensar.  Él no era de los que se fijaba en los detalles y mucho menos de los que le dedicaban tiempo a pensar en asuntos que no eran concretos o necesarios para cumplir una misión.  Y esa noche su misión era averiguar el origen de esa señal.
Volaba por la noche en dirección a una isla en Tailandia de la que venía un pulso. ¿Tailandia? Sí, Tailandia.  Hacía unos cinco años a Corsair le habría llamado la atención, pero hoy en día ya no tanto.  La tecnología necesaria para poder emitir esa frecuencia podía ser comprada en el mercado negro y transportada a cualquier parte en el mundo.  No obstante, era cara.  Corsair quería saber quién había pasado por todo ese problema con el único objetivo de llegar a él.  De llamar su atención.  Y si bien lo más probable era que se tratase de una trampa, él se había propuesto averiguar de quién se trataba.
Así que volaba por el cielo con la misión que él mismo se había impuesto, como era la costumbre.  Volaba a una velocidad mayor a la de cualquier jet supersónico humano.  Volaba mirando fijamente hacia el frente, con las manos cerradas en puño por delante.  La velocidad azotaría su pelo, si no fuese que parte de su uniforme era un casco.