Autor: Gerardo Espinoza
Dorian maniobró el volante como pudo; esquivó un par de vehículos, pero chocó contra unas rocas. Fuera de control, la camioneta se volcó dando vueltas de campana en dirección a un precipicio. El conductor giró la cabeza, abrió los ojos una fracción de segundo y presenció algo que nunca olvidaría: Farid se le acercaba mientras su cuerpo se desmaterializaba rodeado de un halo luminoso. De un momento a otro, Dorian se estrelló contra la tierra, fuera de la cabina. Alzó la los ojos y vio su camioneta terminar de caer. Permaneció inmóvil varios minutos.
Desde la carretera se acercaron varias personas con intención de ayudar; preguntaron si se encontraba bien, si tenía algún dolor interno. Dorian hacía poco caso a esas preguntas. Su cabeza estaba ensangrentada.
-¿Dónde está?– interrumpió desconcertado.
Su mirada era incrédula y sus ojos no parpadeaban; quiso caminar por su propia cuenta y con mucho pesar buscó a Farid.
-¿Qué le ocurre, señor?– preguntó una mujer joven.
-Usted manejaba solo y posiblemente se quedó dormido– dijo otro señor ya mayor.
Sin hacer caso a lo que decían, se arrodilló para ver entre el fierro retorcido. Pero no halló a nadie. No tenía sentido.
-Oiga, con tan poca luz no podrá encontrar nada. Dentro de unas horas amanecerá y volverá con calma a recoger sus pertenencias.
-¡No! ¡Tiene que estar aquí!– alzó la voz vehemente.
-¡Está perdiendo mucha sangre, señor!– lo detuvo uno de ellos tomándole de los hombros,- ¡Escúcheme! A tres kilómetros de acá está la mina donde trabajo. Me ofrezco a llevarlo, allí lo atenderán. Por favor, cálmese.
Dorian asintió confuso. Metió la mano al bolsillo y sacó un papel doblado. Era el recorte de periódico donde estaba encerrado en un círculo el contacto que seguramente lo ayudaría: Gregory Estévez.
domingo, 26 de abril de 2015
viernes, 17 de abril de 2015
El magnífico mago Mystére 7: Cabos sueltos
Autor: Glauconar Yue
Ilustración: Christian Magán
Ilustración: Christian Magán
Un policía corpulento y negro me sacó del espantoso armario en el que había pasado las últimas semanas. Me preguntó varias veces si estaba bien, pero yo solo podía mirar desconcertado la pequeña habitación del enfermo que me había mantenido encerrado, los diagramas extraños que dibujaba, la colección enorme de periódicos y videos, las pantallas que resplandecían por todos lados. Tú creíste que yo estaba obsesionado con el mago, pero debiste ver a ese tipo. Tenía armarios enteros y cajas de cajas, repletas de información, real e inventada, toda relacionada de alguna forma al mago o al garou.
El policía me llevó fuera del edificio y me cubrió los hombros con una manta. Hacía tiempo que no respiraba aire fresco. Cuando sus colegas me vieron, reaccionaron alarmados y me llevaron hacia la patrulla. Por un momento pensé que me llevarían preso sin haber hecho nada, que creían que yo era parte de los asesinatos, del fraude y qué sé yo. No sé. Simplemente estaba muy asustado.
En la parte trasera de una camioneta de policía había dos hombres sentados con esposas en las manos: uno era el loco que me secuestró; el otro era el mago Mystére. Le señalé a la policía lo mejor que pude, con pocas palabras, que el mago me había salvado y el otro era el culpable. En cuanto soltaron a Mystére, el secuestrador se puso a gritar que era el lobo, que era el asesino.
-¡¡¡ASESINO!!!
domingo, 12 de abril de 2015
NEUSUD - Telekinesis 7: Tropelía
Autor: Gerardo Espinoza
El silencio se fue quebrando a medida que el vehículo se acercó zigzagueando a toda velocidad. El agente Gamboa tomó el altavoz y se trepó sobre una peña al borde del camino.
-¡Detenga su vehículo, está rodeado! ¡Tenemos órdenes de abrir fuego si ignora estas advertencias! – repitió esta frase las veces que creyó necesario.
El carro estaba cada vez más cerca. Luces potentes alumbraban el sitio del encuentro. Detrás del sospechoso venían tres patrullas del escuadrón secundario persiguiéndolo.
Restaban menos de veinte segundos para el encuentro y Dorian ordenó preparar las armas, el impacto era inminente.
-¡Ese infeliz no se va a detener! ¡Apunten al motor y las llantas, carajo!
Una serie de ráfagas certeras acabaron con las llantas delanteras del auto, que perdió el control estrellándose contra varios montículos de roca antes de parar.
El agente se dispuso a dar otra orden, pero una alerta en la radio le interrumpió.
-¡Está ocurriendo de nuevo! ¡La información no puede perderse!– Era la voz de Neira que transmitía desde Lima Gris.- ¡Es el pulso…!- la transmisión se interrumpió. Al instante las luces se volvieron intermitentes y el altavoz emitió estática.
Un pulso electromagnético, igual al que se había hace un año. Volteó a ver a los soldados que miraban al cielo vociferando cosas, parecían asombrados por algo, mientras el general se mantenía indiferente. Gamboa alzó la vista y presenció por primera vez el fenómeno; una aurora austral trazando el cielo con un verde fosforescente, era tan extraño presenciar una en estas latitudes.
Entonces ocurrió: las camionetas que rodeaban al sospechoso acababan de estallar; algunos supervivientes intentaban huir del fuego entre trozos de metal y otros cuerpos.
viernes, 10 de abril de 2015
Flores de la muerte 4: Eterna sonrisa
Autor: Dan Lenovo Ilustración: Bloody Zone
Mientras el último muertito del turno cruzo el umbral rumbo a la eternidad, estiraba mis brazos dejando que mis torturados hombros tomaran un descanso. La bruma del aburrimiento nublaba mi juicio, necesitaba encontrar algo con que divertirme o terminaría creando otra pandemia, y para ser sincera no quisiera repetir la reprimenda del jefe de cuando provoqué la última.
Tomé un vistazo alrededor de la sala de espera, en busca de algo que me distrajera de mis obligaciones un momento. Sentado en una silla al fondo se encontraba mi siempre leal cachorrito: un hombre fornido, con vestimenta típica del México revolucionario, camisas holgadas y un gran sombrero de piel.
-Panchito, cariño, puedes venir un segundo– ronroneé, pero aquel malhumorado hombre no me respondió. Intenté un par de veces más pero nunca funcionó, fue como a la quinta vez que rompió mi paciencia: -¡Veltesta!– grité furiosa.
Con un pequeño brinco que casi tumba su sombrero se levantó de su asiento y fue arrastrado hasta mí como si una cuerda invisible lo jalara. Cuando llegó conmigo, su rostro reflejaba una combinación entre sorpresa y enojo.
-¿Podrías recordarme quién eres?– pregunté de la forma más sarcástica posible.
-Soy Veltesta, la tercera cabeza de su cerbero, mi señora,– contestó de mala gana.
-Exacto, entonces sí lo sabes ¿explícame por qué decidiste ignorarme?
-Estaba dormido, mi señora,– contestó nervioso aquel viejo militar.
-¡Estás muerto desde hace más de un siglo, no necesitas dormir!– la furia en mi voz era evidente, –. Bueno, y ¿dónde están tus hermanos?.
jueves, 2 de abril de 2015
The Zone 4: Un misterio inexplicable
Ilustración de Dashield Warren Klay
Mientras James Morton se dirigía a la oficina principal de Big Benny se preguntó qué pensaría el viejo George de ver convertida su mansión en un chiquero. Ni siquiera bajo la antigua administración de Liam O'Donnell se encontró en tal estado, mucho menos cuando la dirección cayó en manos de Tabitha Rissi, quien por el contrario se encargó de adornarla, ordenar que la servidumbre limpiara tres veces al día y reemplazar los antiguos muebles por otros más ostentosos y caros.
Ahora, sin embargo, dichos mobiliarios se encontraban desmejorados, los cojines rotos, la suciedad en las habitaciones se acumulaba, algunas paredes mostraban algunos grafitis pandilleros, en el piso botellas y latas de cerveza vacías interrumpían el paso, las cucarachas rondaban sobre los restos de pizza o pollo frito; Morton incluso se imaginó a ratas campeando a sus anchas por el jardín y el tejado. Big Benny había convertido la antigua residencia familiar en un fuerte donde sus más allegados se encargaban de protegerlo, pero a la vez su estadía provocaba un desbarajuste total en el recinto que increíblemente a su jefe parecía importarle absolutamente nada. Hammer se encontraba escoltado por dos hombres de confianza de Big Benny, ambos fornidos y con metralletas colgando de los hombros, temibles, pero Morton, una cabeza más alto que ellos no se dejaba amilanar por lo que consideraba tan poca cosa. Finalmente llegaron a la entrada del despacho donde otro guardaespaldas abrió la puerta y lo invitó a entrar asegurándole que los demás esperarían fuera.
sábado, 28 de marzo de 2015
La manada 6: El fin justifica los medios
Autor: Hans Rothgiesser
La decisión de instalar el taller en Seúl no fue muy difícil de sustentar. Zap necesitaba estar cerca a ciertos desarrolladores de tecnología. Y aquí en el distrito de Seocho en Seúl estaban presentes todos los grandes jugadores de la industria de la tecnología de las comunicaciones. Era exactamente lo que requería para poder cumplir con la misión que se le había encomendado.
O mejor dicho, la misión que él mismo había definido y había convencido a los demás superhéroes relevantes de que tenía que resolver para poder tener por fin ese sistema de defensa que los protegería de amenazas de fuera de este mundo. Amenazas que en el pasado ya se habían manifestado y que habían representado grandes pérdidas. Con un sistema de defensa como el que él proponía, nunca más tendrían que preocuparse de posibles invasiones de civilizaciones de otras galaxias.
Zap era joven, idealista y muy inteligente. No obstante, tenía lo que otros superhéroes habían convenido en llamar una inteligencia selectiva. Era extremadamente hábil y capaz para el desarrollo de proyectos tecnológicos, pero terrible para asuntos más cotidianos. Por eso fue que se aprobó brindarle los recursos que necesitaría para su proyecto, pero con la condición de que trabaje con otros dos miembros de la comunidad de superhéroes.
Esos otros dos eran la Baronesa Roja y Ojo Público, ambos ligeramente mayores en edad que Zap, pero con orientaciones completamente distintas. Este equipo de tres superhéroes lo había coordinado Insel X hacía un par de años. Y que el mismo Insel X hubiera solicitado un reporte completo de los avances del Proyecto Mano Negra no era para nada sospechoso. Después de todo, una iniciativa como ésta se financiaba con aportes de distitnas fuentes. Era de esperar que esos patrocinadores desearan saber constantemente cómo iban las cosas.
miércoles, 25 de marzo de 2015
NEUSUD - Telekinesis 6: Hechos
Texto e ilustración: Gerardo Espinoza
La silente noche es interrumpida por el grave sonido de un motor a toda marcha.
-¡No soy un terrorista!– exclamó Farid enérgico.
-¡A esos dos mocosos los conocías!– interrumpió Dorian,– ¡Todos ustedes son terroristas!
-¡Eso no es cierto!– por más que intentase convencerlo, Dorian no dejaba de vociferar.
-¡Debería obligarte a bajar!– dijo Dorian mirando la carretera contemplando la posibilidad de abandonarlo en mitad de la nada, como cuando lo encontró.
-¿Crees que soy un asesino?– la voz de Farid se notaba apagada y al borde del llanto.
Dorian dejó pasar breves segundos luego de oír esas palabras. Pensó que intentaría convencerlo, pero no dijo nada. Se preguntaba cómo hacer encajar los hechos para absolver de culpa a Farid, pero era inútil darlo por inocente si no creía en la supuesta desaparición.
Gamboa caminó hasta su auto mientras encendía un cigarro. Comprobó que la cámara en el parabrisas había grabado todo y verificó si tenía algún mensaje en el panel. Hizo un gesto al espejo y lanzó un escupitajo por la ventanilla, tomó una cajetilla entera y salió del auto a seguir supervisando el operativo, arrojando humo por la nariz, disfrutando su adicción al tabaco, el único vicio negativo que arrastra desde el ejército.
La silente noche es interrumpida por el grave sonido de un motor a toda marcha.
-¡No soy un terrorista!– exclamó Farid enérgico.
-¡A esos dos mocosos los conocías!– interrumpió Dorian,– ¡Todos ustedes son terroristas!
-¡Eso no es cierto!– por más que intentase convencerlo, Dorian no dejaba de vociferar.
-¡Debería obligarte a bajar!– dijo Dorian mirando la carretera contemplando la posibilidad de abandonarlo en mitad de la nada, como cuando lo encontró.
-¿Crees que soy un asesino?– la voz de Farid se notaba apagada y al borde del llanto.
Dorian dejó pasar breves segundos luego de oír esas palabras. Pensó que intentaría convencerlo, pero no dijo nada. Se preguntaba cómo hacer encajar los hechos para absolver de culpa a Farid, pero era inútil darlo por inocente si no creía en la supuesta desaparición.
Gamboa caminó hasta su auto mientras encendía un cigarro. Comprobó que la cámara en el parabrisas había grabado todo y verificó si tenía algún mensaje en el panel. Hizo un gesto al espejo y lanzó un escupitajo por la ventanilla, tomó una cajetilla entera y salió del auto a seguir supervisando el operativo, arrojando humo por la nariz, disfrutando su adicción al tabaco, el único vicio negativo que arrastra desde el ejército.
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